Porfirio Díaz es un personaje rodeado de mitos y leyendas.

Como una de las figuras más emblemáticas dentro de la historia mexicana, trascendió y se hizo inmortal no solo por sus aportaciones políticas, sino también por su estilo de vida y personalidad llena de episodios que dejan a muchos con la boca abierta.

A pesar de haber sido un hombre que mantuvo su vida personal en privado, varios periodistas, historiadores e investigadores pudieron encontrar información alrededor de su vida profesional y personal, obteniendo la forma de corroborar o desmentir historias, así como secretos que trataron de guardarse bajo llave, pero que al final terminan por salir a la luz.

El día que se casó con su sobrina

Este hombre se casó dos veces, una con Carmen Romero Rubio, y la otra, la primera, con Delfina Ortega Díaz. El apellido de Delfina la delata. De origen oaxaqueño, esta mujer nació en 1845. Su padre fue el señor Manuel Ortega—un médico y científico de renombre en esos tiempos—, y su madre, Victoria Díaz— hermana directa de Porfirio Díaz. La niña fue producto de un amorío extramarital. Cuando su padre supo de su existencia, no la reconoció inmediatamente, pues estaba comprometido con otra mujer. Victoria decidió dejarla con el hombre que sería su padrino, Tomás Ojeda.

Los historiadores destapan los secretos de la vida de Porfirio Díaz. (Foto de Pixabay)

“La polémica se da porque Delfina Ortega Díaz era sobrina y pasó a ser esposa de Porfirio Díaz. Su primer matrimonio fue polémico por esto. Fue una relación incestuosa. Delfina nació en Oaxaca en 1845, fruto de una relación extramarital de su madre Victoria Díaz y el médico Manuel Ortega; su madre era hermana de Porfirio”, dijo Rodrigo Osegueda, historiador mexicano.

Bautizada como la “hija de padres incógnitos”, recibió el nombre de Delfina. Con el tiempo, Victoria decidió criar a su hija junto con su madre, Petrona Díaz. Le dieron educación a la vez que se ocupaban de las tareas domésticas. Delfina alcanzó cierto nivel escolar y aprendió de costura, pero a los once años quedó huérfana de madre y bajo la tutela de Nicolasa Díaz, su tía. Cuando Porfirio Díaz la conoció, realmente no tenían una relación cercana, pues solo la recordaba cuando había nacido y en pocos ratos cuando la veía al ir a descansar de sus pesadas jornadas militares.

“Este es un tema un tanto delicado, pues estamos hablando literalmente de incesto; sin embargo, debemos recordar que también eran otros tiempos y debemos situarnos en ese mismo escenario, en esa misma época para así poder entender la situación. Fue un escándalo entonces y lo sería hoy día también, aunque ahora es hasta algo común ver este tipo de relaciones”, dijo el historiador.

Él le mandaba cartas, contándole de sus logros y triunfos en el campo de batalla, como el 5 de mayo de 1826. Ella creció, convirtiéndose en una mujer muy hermosa, así que Porfirio decidió pedirla en matrimonio. A pesar de la diferencia de edad (quince años), ella no tuvo más remedio que aceptar casarse con su tío. No hubo boda religiosa; solo se firmaron papeles que hicieron oficial todo, por el civil. Díaz pagó una multa para legitimar el incesto, por “dispensa de sangre”. Para esto, también pidió al padre de Delfina que la reconociera como su hija ante la ley y le dio un puesto en el Senado.

El matrimonio tuvo que legitimar el incesto. (Foto de Pixabay)

Duraron trece años casados, tiempo en el que tuvieron ocho hijos, pero solo dos llegaron a convertirse en adultos sanos y funcionales. Delfina fue una mujer preparada en política, pero reservada, humilde y modesta. Se hizo cargo de Amanda Díaz, la primera hija de Porfirio, y murió en su octavo parto, donde la cría también falleció. Díaz se casó con Delfina por la iglesia mientras esta moría, para poder consumar los sacramentos católicos y honrarla, la noche del 8 de abril de 1880.

Dos años después, Porfirio Díaz se casó con otra mujer, Carmen Romero Rubio, de diecisiete años. No tuvieron hijos, pero ella fue la madrastra de todos los demás hijos de su esposo, además de que se convirtió en una personalidad activa e importante en labores benéficos dentro de la sociedad mexicana.

Por Vanessa Sam y Christian Valera Rebolledo

(Editado por Melanie Slone y LuzMarina Rojas-Carhuas)



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